¡Truco o retrato!

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Según mi hermano, si a estos trucos se les suma que esa noche lleve alguna de las camisas que él considera «de eficacia alta», como una que tiene dibujitos de tortuguitas en el cuello y en los puños, entonces no hay posibilidad de no ligar.

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Lo de la camisa de alta eficacia lo puede atestiguar, entre otras, Pichuki, una amiga de Roldana, que, como contaré más adelante, un día se prendó misteriosa e irrefrenablemente de una de una de estas camisas de alta eficacia de mi hermano y, por metonimia o, quizás, sinécdoque, de mi hermano. Roldana, por cierto es el pueblo de nuestros abuelos, cerca de Monsácar, a orillas del Mediterráneo, donde solemos pasar al menos unos veinte días en agosto todos los años y donde se han fraguado muchas de las andanzas nocturnas de mi hermano, de algunas de las cuales disfrutaremos a lo largo de este relato.

Escudo de Roldana
Escudo de Roldana

No obstante, mi hermano dice que no quiere abusar de estos trucos, para que ligar no se convierta en algo automático y teledirigido. Él, en verdad, prefiere seducir a una chica por sus historias sobre las palabras y el origen de los nombres de las cosas. Y esto es algo que se puede hacer con asiduidad. Por ejemplo, no es raro que una chica tenga apellido terminado en –ez. Pues mi hermano entonces le puede contar el origen de esta terminación.

Pongo a continuación un ejemplo de lo que ha podido ser alguna de las múltiples conversaciones que ha tenido con alguna chica sobre la terminación en –ez de los apellidos patronímicos, en el que vais a ver además otra de las características de mi hermano, y es que, en su afán de crear expectación, a veces se pasa:

—¡Hola!

Últimamente ya saluda normal; por suerte dejó atrás su técnica de un «Holaaaa» alargando mucho la última a y poniendo voz melosa y seductora y, a veces, para bochorno de sus amigos de alrededor, acompañando al «¡Hola!» con un «¿Estás sola?».

También dejó atrás o, al menos, dejó de usar tanto, su técnica de levantar las cejas y poner cara de picarón, técnica que Dios sabrá por qué le funcionó durante un tiempo y que empezó a hacer a partir de un día en el que al llegar a un congreso de Lingüística y poner esa cara para saludar a alguien que no sabía si conocía o no, recibió una alegre sonrisa como respuesta. Por suerte, como decía, ahora suele saludar con un simple «Hola», acompañado como mucho de un «¿Cómo te llamas?»:

—¡Hola! ¿Cómo te llamas?

—Mercedes.

—¡Uhm, Mercedes! ¿Como Mercedes Salisachs?

—Eh…, sí, supongo.

El caso es que me suenas. ¿No nos conocemos? ¿Cómo te apellidas?

—Rodríguez —sonrisa malévola y a seguir con la conversación preguntando por el colegio, carrera y demás, sabiendo que no la conoce de nada. Hasta que llegado a un punto empieza a contar su historia—: Porque ¿sabes? —primer elemento fático para mantener la atención—, aunque no lo parezca, estudié Filología Hispánica. —Esto generalmente supone una sorpresa en las chicas porque por cómo viste mi hermano les parece que estudia Derecho, bueno, más bien Derecho y ADE, que es lo que siempre le dicen.

Mercedes no iba a ser menos:

—Ja, ja, es verdad que no lo parece. Parece que estudias Derecho y ADE o algo así.

—Sí, pensé en hacer Derecho, pero es que me gustaba mucho la lengua y la literatura y de pequeño escribía… —Aquí se para y sigue con sus trucos para crear expectación—. Bueno, pero tampoco te voy a contar intimidades tan pronto.

—No, sí, sí, dime: ¿escribías de pequeño?1429012551949

Mi hermano entonces finge rubor y dice, poniendo la cara altiva y seria de Bécquer en su famoso retrato:

—Bueno, sí, he escrito un montón de poesías, más de mil.

Lo de más de mil bien remarcado para que quede claro, pero luego con tono humilde y apocado continúa:

—Aunque tampoco son muy buenas.

—¡Seguro que sí!

—Hasta a una chica le regalé por su cumpleaños un libro de cien páginas de poesías dedicadas a ella —con esto queda de romántico—, pero no le gustaron; ella habría preferido ropa —con esto queda de incomprendido y trata de transmitir que la chica con la que habla seguro que sí las valoraría. Después sigue—: Y luego también se me daba muy bien la sintaxis y me encantaba el origen de las palabras. —Ya está el enlace hecho—.  Por ejemplo, me has dicho antes que te apellidabas Rodríguez. —Lo de acordarse de algo anterior en la conversación es clave. Muchas veces ha fracasado en su intento de ligar por enfrascarse demasiado en sus trucos y no prestar atención a lo que la chica le dice. Lo peor de todo es que luego no se acuerda de que no se acuerda del nombre y al hacer el amago de ir a nombrarla y no salirle nada queda fatal, aunque peor aún queda cuando de repente recuerda el nombre y lo empieza a usar todo el rato para demostrar que se acuerda—. Pues, ¿sabes de dónde viene la terminación –ez de los apellidos españoles?

—No.

—¿Tú estudiaste latín? —esto lo hace para alargar la cosa, aunque alguna en este momento pasa de considerar a mi hermano como alguien interesante y distinto a considerarle pesado, pedante y friki.

—No.

—Bueno, no pasa nada, la cuestión es que en latín el caso que se utilizaba para decir que algo pertenece a alguien es el genitivo, como en inglés la s de John’s book, que significa que el libro es de John. En latín igual. —Entonces mira a la chica y le dice—: No te estoy aburriendo, ¿no? —Lo de sugerir a la chica que puede estar aburriéndose no es buena táctica, como una amiga le hizo notar un día.

—Para nada —dice ella usando ese «para nada» que Lázaro Carreter no consideraba del todo correcto en El dardo en la palabra, lo que hace desconcentrarse un poco a mi hermano, aunque no lo suficiente—. Pues resulta que en latín el genitivo de nombres comoRodericus-Hispania-Rex Rodericus o Fernandicus terminaba en –i, Roderici y Fernandici, y significaba algo así como ‘de Fernando’ o ‘de Rodrigo’ o ‘hijo de Fernando’ e ‘hijo de Rodrigo’, igual que Johnson significa ‘son of John’ o Setefanopoulos en griego es ‘hijo de Stefano’, porque poulos, como en latín pullus, significa ‘hijo pequeño’. También pasa en truco con –oglou, en georgiano con –shvili o en ruso con –of, -ov/-ova. —Esto suele tener más efecto si la chica conoce jugadores de fútbol de estos países, que no suele ser el caso—. Bueno, pues así Roderici y Fernandici en latín habrían dado por evolución —y esto no se acuerda nunca muy bien de cómo es— –iz, como en Muñiz, por ejemplo, o más frecuentemente –ez como en tu apellido. —Y mira a la chica con cara de haber resuelto un jeroglífico.

Pese al lío que monta mi hermano en torno a la historia —tampoco es que los expertos se aclaren mucho—, a las chicas en general les gusta o, cuando menos, les parece interesante.

Lo que nunca funciona es cuando mi hermano responde a la pregunta de a qué se dedica diciendo que es un experto en lengua o que se le da muy bien la lengua, poniendo cara obscena y a veces, y esto es cuando ya sí que no funciona, sacando la lengua y moviéndola como una serpiente, casi poniéndola bífida.

CUNY-logo-01Lo que sí que no funcionó, sino que hasta asustó, fue cuando estuvo de estancia en Nueva Isla en un centro que se llamaba CUNI (City University of New Island). Como mi hermano era un lingüista en Nueva Isla, su amigo y compañero de piso Francesc o Cesc, que también era lingüista, un día cayó en la cuenta de que eran CUNIlinguists (CUNIlingüistas), con clara referencia al latín cunnilingus, que significa… bueno, que ya sabemos lo que significa; y le dijo a mi hermano que tenían que presentarse así cuando conocieran chicas en los bares.

Menos mal que, al ponerlo en práctica, mi hermano contrarrestaba la entrada triunfal con el hecho de saberse todas las capitales de los estados de Estados Unidos, lo cual, aunque no lo parezca a priori, era tremendamente eficaz en el arte de la conquista.

La situación era más o menos la siguiente —traducida y condensada para facilitar la lectura—:

—¿A qué te dedicas?

—Soy cunilinguist. —Y ante la cara de sorpresa (o asco) de la chica y el consiguiente silencio seguía—: ¿De dónde eres?

—De Florida.

—Ah, ¿de Tallahassee?

—¡¡¡Sí!!! ¿Cómo lo sabes? ¿La conoces? Normalmente la gente me pregunta por Miami.

¡Hecha! La cosa tenía truco y es que en Estados Unidos la capital no es la ciudad más importante y, por tanto, generalmente la gente no conoce las capitales, lo que propicia que al habitante de la capital en cuestión le haga ilusión que alguien sepa de su ciudad.

(En este caso, a los que han visto La milla verde tal vez les haya sonado Tallahassee porque es donde le dicen a Del que está Villa Ratón, atracción turística adonde puede mandar a Mr. Jingles para que tenga una vida feliz.)

Lo de Mercedes Salisachs que ha salido antes es otro viejo truco de mi hermano. Dice que lo bueno de saber cosas es que siempre tienes algo que decirle a otra persona. Lo malo y de lo que no es consciente es que a veces eso incomoda a los demás, los cuales, como en el caso de Mercedes o como en la «prueba de septentrional», ya tienen que reconocer que no saben quién fue Mercedes Salisachs y disimular. Pero la cosa es que seguro que si le preguntas a mi hermano por el título de una sola novela de esta autora no te sabe decir ninguno, y eso que tiene alguna de ellas en las muchas estanterías de su cuarto.

El truco de relacionar el nombre suele usarlo primordialmente cuando el nombre de la chica es raro, porque en ese caso la chica suele saber con quién lo comparte. Por ejemplo, un día conoció a una Manon. Perfecto para sacar a colación a Manon Lescaut y más si resulta que, como en aquel caso, justo el nombre se lo habían puesto por la novela.

Si la chica se llama Jimena, mi hermano alude a doña Jimena del Cid, si se llama Ariadna, a la del laberinto del Minotauro y, si hace falta, cuenta la historia, que en mitología mi hermano también está versado. Lo importante es estar seguro de que no es lo típico que dice la gente porque eso a las chicas no les gusta. Por ejemplo, a Mercedes jamás habría que decirle nada relacionado con la marca de coches.

Pero no solo con el nombre de la chica, también vale con calles o ciudades; lo de las capitales de Estados Unidos es un buen ejemplo, aunque también si la chica vive en una calle con nombre de algún personaje es bueno saber quién es. Por ejemplo, un día una chica le dijo a mi hermano que vivía en la calle Gabriela Mistral y, claro, mi hermano sabía quién era esta escritora, y no solo porque se aprendiera en su momento la lista de los Nobel de Literatura. La chica se quedó admirada y le dijo que muy pocos chicos lo sabían. Como siempre, si la chica no sabe quién es, mi hermano será tildado de sabihondo, pero no importa porque si así fuera para mi hermano esa chica entraría en el saco de las que no tienen curiosidad y no merecería la pena.

¡Ah! También, para ligar con extranjeras, schalkeestá muy bien saber de fútbol, otra especialidad de mi hermano, porque el fútbol te da un amplio abanico de nombres de ciudades. Si no sabes de fútbol y una chica te dice que es de Gelsenkirchen, probablemente no sepas que es alemana, gracias al Schalke 04, y lo mismo con ciudades italianas como Ancona, Treviso o Sassuolo, por ejemplo.

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Juegos de manos, juegos de mi hermano

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La verdad es que mi hermano se cree más de lo que piensa las historias mágicas relacionadas con la posibilidad no solo de sanarse con el poder de la mente, sino también con las propiedades curativas de las manos. Así es como empezó con su «táctica de la mano o quirotáctica». Mi hermano considera que con las manos se pueden transmitir —y él cree que con sus manos transmite—, muchas sensaciones. De ahí que ideara una táctica basada en ellas.

La táctica es muy sencilla. Consiste en coger de la mano a una chica mientras hablas con ella en una discoteca y luego acariciarla suavemente —la mano, no a la chica en general—, generalmente haciendo delicados círculos con el dedo gordo en la palma de la pretendida. 2015-04-09 13.21.14La complicación estriba en elegir el momento preciso y en acariciar de una forma tal que se transmitan a través de ella sentimientos de deseo, pero sin que la cosa quede forzada, por ejemplo, dibjuando con el dedo demasiadas siluetas —palabra que procede del nombre del ministro Silhouette— de corazones.

Puede parecer mentira, pero generalmente a mi hermano el truco de la mano le ha funcionado, aunque solo sea para al menos atraer la atención de las chicas durante un poco más de tiempo. Lo malo es que, como se lo ha contado a todo el mundo, en su afán de compartir sus conocimientos, ahora ha conseguido que nuestros amigos empiecen a aplaudir y a silbar cuando le ven hacerlo, a veces incomodando a la chica y estropeando el momento. Eso, si no es mi propio hermano el que enseña a nuestros amigos desde lejos que tiene la mano cogida.

Otra forma de llevar a cabo la táctica de la mano es cogiéndosela a una chica y ponderando exageradamente su suavidad. Un día hasta llegó a hacer una rima al respecto: «Las manos de Rocío / son un desvarío». Por suerte en este caso Rocío era amiga y el pareado cayó en gracia.

Para satisfacción de mi hermano, un día una chica le hizo una táctica parecida pero, en vez de con la mano, con el pulgar. La táctica de la chica consistió en decirle a mi hermano que se había quemado la yema del pulgar de pequeña y que no tenía huella dactilar, de manera que, para comprobarlo, mi hermano tuvo que acariciar su yema, ante lo que notó como un calor especial que le produjo una extraña e intensa atracción hacia la chica. Esto le sirvió para confirmar la teoría sobre el poder manil, perdón, manual, y también digital, de transmitir sensaciones.

Otro truco con el que mi hermano combina el de la mano y que dice que nunca falla es el «truco de la pajita». Este truco se inicia al llegar a la situación donde, a pesar de que la chica con la que 2015-04-09 13.38.35uno lleva hablando un rato y a la que por supuesto ya tiene cogida de la mano parece más que dispuesta a pasar a la siguiente fase, uno no se decide por el momento en el que besarla (o en el que tirarle la boca, vamos). Entonces, para poner en práctica el truco, lo esencial es que la chica tenga una bebida con pajita, que suele ser el caso, por mucho que se les diga que con la pajita las copas suben más. En caso de que no hubiera ni copa ni pajita, tocará invitar, asegurándose de que la copa vaya con pajita. Esto no es problema para mi hermano, que ya sabemos que en el arte de invitar es bastante avezado.

Una vez que la chica tiene los pertrechos necesarios y que ha bebido un poco, hay que pedirle que nos deje probar de su copa mientras se mira su pajita con algo de reparo, finalmente cogiendo otra 2015-04-09 14.55.46para parecer que se es escrupuloso. —Mi hermano empezó haciéndolo porque de verdad tenía escrúpulos las primeras veces—. La chica al principio solo pensará que el chico es escrupuloso, pero luego caerá en la cuenta de que, si no quiere chupar de su pajita, eso quiere decir que tampoco va a querer besarse con ella. En ese momento de desconcierto, parecido al momento crítico que Álvaro de Mesía atribuye a toda mujer durante quince minutos al día en La Regenta, es cuando uno debe atacar, sabiendo que ya existe poca posibilidad de fracaso o calabaza. También en este caso he sido testigo de cómo a mi hermano le ha funcionado el truco.

Asimismo le funciona un truco que aprendió gracias a un niño del que era monitor en un campamento. En una gincana, perdón, yincana (del hindi gymkhana ≅ ‘lugar donde se juega a la pelota’), que organizaron ese año, una de las pruebas consistía en buscar al niño mayor (de más edad) del campamento, al que mi hermano le dio un papelito con una pista que tenía que entregar solo en caso de que le preguntaran directamente si él era el mayor. Al rato el niño volvió y le dijo a mi hermano que se había inventado una prueba que había que superar para encontrar el papelito. La prueba consistía en seguir una serie de pasos que estaban pintados en su mano. Lo primero que hizo el niño fue enseñarle a mi hermano la mano cerrada en puño con un círculo pintado en el dorso, Phonto(87)en la parte donde está ese músculo que decían que se pone duro, además del del antebrazo, cuando…, en fin, cuando uno se dedica a prácticas pecaminosas. Debajo del círculo estaba escrito «PULSA». Al pulsar mi hermano, el niño sacó el índice, en el que había una flecha indicando un giro en el sentido inverso a las agujas del reloj, seguida de un «GIRA». Al girar el dedo, en su parte interna ponía «TIRA» y había una flecha hacia fuera. Finalmente, al tirar mi hermano, el niño abrió la mano, extendiendo la palma, en la que ponía «MIRA EN MI BOLSILLO», que era donde estaba la pista entregada por mi hermano.

Al ver esto, mi hermano felicitó efusiva y convenientemente al chaval, no tanto por esa idea en concreto sino por las aplicaciones que el mecanismo podía tener en las discotecas con las chicas. En la palma de la mano se podía poner cualquier mensaje, desde un simple «¡HOLA!» (o en su momento «¡OLA KE ASE!») hasta un «¿CÓMO TE LLAMAS?» o un «¡GUAPA!» o un «DAME UN BESO» junto al dibujo de unos sugerentes labios, mensajes que, por supuesto, han sido probados posteriormente por mi hermano con mayor o menor éxito. El de «DAME UN BESO» no suele funcionar, sobre todo porque acto seguido mi hermano saca los labios a lo Scarlett Johansson, o peor, a lo Carmen de Mairena. El de «¡GUAPA!» funciona un poco mejor. Para pintarse las instrucciones en la mano, muchas veces mi hermano roba el boli que le dan para firmar el recibo de la primera copa en la discoteca y lo devuelve a última hora de la noche, siendo por lo general regañado.

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Otro truco, para mi hermano infalible, es el de llevar algo puesto que llame la atención, cual reclamo o añagaza, de las chicas. Debe ser algo que puedan coger, como sombreros, pelucas o gafas. Lo que nunca falla son unas gafas que le hace un amigo con pajitas. Y es que, si hay algo crucial en el flirteo, es darle motivos a la chicas para que se acerquen y tomen la iniciativa.

La palabra añagaza, por cierto, viene del árabe clásico naqqaz, que significa ‘pájaro saltarín‘. Normal que mi hermano, un pájaro saltarín como cualquier otro, haga uso de añagazas para atraer mujeres.

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