Megustas, dijistes, escorpiones y entrecots

4

Solo cuando se hubo detenido completamente el avión, mi hermano se quitó el cinturón. Mi hermano es de los que solo se quitan el cinturón una vez se apaga la lucecita, hasta el punto de que un día le dijo a su compañero de piso de Nueva Isla, Cesc, que le había decepcionado cuando vio que él se lo quitaba antes. Luego, también solo cuando se hubo bajado del avión —a mi hermano le ponen nervioso los que lo encienden mucho antes y encima con sonido—, encendió el móvil y lo primero que hizo fue poner en Facebook que estaban en Favencia. Hizo esto en primer lugar porque tenía alguna chica por allí y en segundo lugar para que las chicas de Almagriz se enteraran de que estaba allí y le echaran de menos. A ver cuántos megustas (mejor que cuántos me gusta, como síes, noestequieros) conseguía.

En el camino a casa del rey Escorpión (el amigo de Chindas), Quero, tras habérselo oído a varias personas en el autobús y sabiendo que a Chindas también le gustan mucho estas cosas, se lamentó:

—Hay que ver la cantidad de gente que dice dijistes y vinistes. ¿A vosotros no os molesta?

—Yo lo odio —dijo Chindas, que odiaba también las faltas de ortografía y muchas veces se desahogaba con mi hermano mandándole fotos en las que aparecían faltas garrafales.

Mi hermano, sin embargo, como siempre tan ecuánime, neutral y baciyélmico, con el talante de gran maestro de artes marciales o monje budista, se desmarcó contestando:

—A mí no me parece tan condenable. —Le faltó añadir «pequeños saltamontes».

Quero pensaba resignado: «¡Ya estamos!». Mi hermano prosiguió con su monserga:

—Esta es de las típicas cosas que tiene una explicación muy bonita. En la conjugación de los verbos en español, en casi todos los tiempos la segunda persona del singular, es decir, la que se refiere a , termina en –s. Por ejemplo, con el verbo decir, el presente es dices, el imperfecto decías, el futuro dirás, y el subjuntivo digas, dijeras. Todos con –s final. Los únicos tiempos que no tienen –s son precisamente el pretérito perfecto simple o indefinido, que es como posiblemente estudiasteis que se llamaba dicho tiempo gramatical en el colegio porque así estaba en la gramática de 1931 de la VEI, aunque ya en el 75 se cambió —y volviendo en sí—, como decía, los tiempos que no tienen –s final en la segunda persona del singular son el perfecto simple, dijiste, y el imperativo di. Así que no es raro que el hablante, a la hora de usar dijiste tienda a poner una –s como en los demás tiempos y diga dijistes. Y, curiosamente, aunque con el verbo decir no pasa, con los verbos oír e ir, por ejemplo, se pone una –s también en la segunda persona del singular del imperativo. Así la gente dice «¡Oyes!» o «Ves ahí», en vez de «¡Oye!» y «¡Ve ahí!».

—¡Mola! —respondieron complacidos Quero y Chindas de ver que mi hermano de vez en cuando contaba cosas interesantes, pero a la vez contrariados de que ya no iban a poder quejarse de lo de dijistes con tanta agresividad nunca más.

—Pero es que incluso, a veces pasa con la n —seguía ahora enardecido mi hermano— que se asocia a la tercera persona del plural, porque sale en dicen, decían, dirán, entre otros, y, así, por ejemplo, para decirle a un grupo de personas que se vayan, si se les trata de usted, se puede oír que la gente dice «¡Irsen!»

—Anda, pues sí. Lo he oído alguna vez —asintió Chindas.

—Y al hilo de esto —continuó mi hermano—, no sé dónde oí una vez algo curioso. Vosotros sabéis cuándo se tildan las palabras llanas, ¿no?

—Sí, cuando la palabra termina en letra diferente a n, s o vocal —contestó Quero, que se sabía bien la lección.

—Pues ¿a que no sabéis por qué es así?

—Pues la verdad es que nunca me lo había planteado —se interesó Chindas.

—Fijaos en la terminación de los verbos. Casi todas las formas son llanas y terminan en n, s o vocal.

Reflexionaron un momento y constataron casi al unísono:

—¡Es verdad!

—Pues como estas palabras salen constantemente, para reducir al mínimo el número de tildes, se estableció que en estos casos fuera en los que no se ponía tilde. Además, lo de la s también sirve para todas las llanas plurales.

—¡Mola! —volvieron a responder.

Y así, en este estado, llegaron a casa del rey Escorpión. El rey Escorpión no se llamaba Mathayus como en la película, sino Alfonso, pero no era el Alfonsito del mus. El apodo de rey Escorpión, curiosamente, se lo había puesto mi hermano en la única noche que coincidió con él saliendo por Roldana. El motivo es que en las escaleras que conducían a la planta baja de Valhalla, que era una parte abierta y con piscina, el rey Escorpión, que estaba empezando una relación con una chica, cogió a mi hermano e, imitando a Mufasa, le señaló a todas las mujeres que por allí había diciendo:

—Al ver este panorama me doy cuenta de todo lo que me voy a perder si empiezo a salir con una chica. Yo es que tengo un problema. Yo es que veo pechitos y es como si viera entrecots. Se me hace la boca agua.

Mi hermano se empezó a partir de risa, a descojonarse, vamos. Pero el Rey Escorpión siguió:

—¿Tú conoces la fábula del escorpión y la rana?

—Creo que no —contestó mi hermano mientras fáusticamente empezó a pensar si era de La Fontaine o de Esopo.

—Pues resulta que un escorpión queriendo cruzar un río le pidió a una rana si le podía llevar en la espalda. La rana le contestó que no porque le iba a picar. El escorpión prometió con tanto ímpetu a la rana que no le picaría que acabó convenciéndola. A mitad de camino, el escorpión, como era de esperar, picó a la rana y, mientras se hundían, la rana le preguntó que por qué lo hacía, si iban a acabar hundiéndose los dos. El escorpión respondió encogiéndose de hombros (si es que los escorpiones tienen hombros): «Es mi naturaleza».

Mi hermano se quedó atónito.

—¿Sabes por qué te lo cuento? —preguntó el desde entonces apodado rey Escorpión.

—Me lo puedo imaginar, pero explícamelo tú —le tiró de la lengua mi hermano.

—Pues porque mi naturaleza es que me encantan las mujeres y, si me echo novia, no sé si voy a poder resistir a los impulsos de mi naturaleza.

En ese momento pasó una rubia con unos entrecots tan jugosos que si no llega a ser porque el Rey Escorpión era escorpión y no ave, habría sucumbido ante semejante añagaza. Aunque bien es cierto que, pensándolo mejor, en su afán de demostrar que era un escorpión y que en su naturaleza estaba el picar, demostraba lo enamorado que por fin estaba de una chica y, a la vez, lo asustado que se sentía por ello.

Capítulo siguiente       Capítulo anterior

Índice

Anuncios

Haplologías, analogías, sesquipedaliofilias y otras enfermedades lingüísticas que se pueden pillar en el metro

19

Un día que mi hermano leyó que una chica había sacado un libro de las idioteces que se decían por la calle, rápidamente le dijo a nuestros amigos, pero en especial a Quero, porque sabía que el resto no iban a querer, que tenían que ir en busca de aún más aventuras lingüísticas, que ellos tenían que encontrar más. Por supuesto, él no hablaba de idioteces o errores —ya sabemos que para mi hermano los supuestos errores son preciosas muestras del uso natural de la lengua— sino de cualquier tipo de curiosidades lingüísticas.

Así fue como empezaron a buscar con ahínco, denuedo y entusiasmo y a encontrar verdaderas joyas lingüísticas de todo tipo, pero también como llegó a sus oídos la secreta información que daría comienzo a la gran aventura por las calles de Almagriz y más allá.

Todo comenzó cuando para tener más oportunidades de escuchar lo que decía la gente se les ocurrió empezar a recorrerse la línea 1 de metro entera, con sus más de veinte paradas, ida y vuelta, espiando o pegando la oreja a las conversaciones de los viajeros. De esta forma, llegaron a sus oídos buenas muestras del habla relajada de los usuarios del metro. Un día pudieron escuchar, por ejemplo, a una señora quejándose de que la gente era muy poco solidaridaria porque no daba dinero a los que amenizaban con su música los vagones. Ante esto mi hermano explicaba en un tono magistral y lo bastante alto como para que gente ajena lo oyera y Quero se avergonzara:

—Este es un precioso caso que demuestra que no siempre economizamos a la hora de hablar. Es el fenómeno opuesto a la haplología, o eliminación de una sílaba que aparece junto a otra parecida o igual, como en morfonología por morfofonología, tenístico por tenisístico o navideño por navidadeño.

Aquí dejaba un momento para que Quero y algún viajero reflexionaran. Luego seguía:

—Supone, pues, un caso de lo que podría llamarse sesquipedaliofilia, o amor a las palabras largas, en contraposición al odio, que se llama sesquipedaliofobia o, más exactamente, hipopotomonstrosesquipedaliofobia.

Mi hermano, al mirarle fijamente a los ojos justo cuando pronunciaba esta palabra hizo que un pobre niño pegara un respingo. Después continuó:

Para que luego digan que el lenguaje es económico. Eso lo dicen los que olvidan que preferimos decir debajo de la mesa que bajo la mesa o encima de la mesa en vez de sobre la mesa.

Esto sorprendió a Quero, pero pronto estuvo de acuerdo; él nunca decía «Lo he dejado sobre la mesa», sino «encima de la mesa». Mi hermano seguía:

—Si es que está claro, a la gente ya no le basta con ser solidaria; ahora quiere ser solidaridaria.

Además de esta sesquipedaliofiliez, pudieron escuchar también, por ejemplo, a alguien usando el verbo aperturar para referirse a abrir una cuenta bancaria, escucharon cientos, que no cienes, de dijistes, de contramases y cuantomenoses («Cuanto menos, me lo podrías haber dicho a mí», en vez de «Cuando menos, me lo podrías haber dicho a mí»), de imperativos en -r como pasarlo bien en vez de pasadlo bien. Llegó asimismo a sus oídos algún convezco, en vez de convenzo, en clara analogía con crezco o parezco.

También escucharon alguna de las nuevas (a veces no tan nuevas) formas de expresarse de los jóvenes. Escucharon mucho la palabra rollo usada en casos como «Es rollo superhéroes» para decir que una película era como de superhéroes. Pero también escucharon cómo la gente usaba rollo para ‘alrededor de’ como en «Había rollo mil personas». Parecido a esto escucharon muchos en plan («Había en plan mil personas»). El en plan se usaba todo el rato: «Y yo estaba en plan tirado en el sofá, cuando me llamó Silvia en plan que qué hacíamos. Y yo en plan…». También se oía mucho tipo como en «Son un grupo tipo Marea, ¿sabes?», expresiones como «Me dio la chapa», para cuando alguien es pesado con otro, y fórmulas como «No es tonto sino lo siguiente» o «Si no lo ha dicho diez veces, no lo ha dicho ninguna». Muchas de estas manifestaciones de expresividad de los hablantes demostraban que el ahorro es difícil hasta en el hablar.

metro

Por supuesto, todo esto lo iba recogiendo mi hermano en un cuaderno, el mismo donde tenía todas las listas de películas y libros que le faltaban por ver y leer. Cada vez que apuntaba alguna cosa, como es lógico, le iba buscando ya una justificación y trataba de sacar de ella alguna aplicación para sus teorías. Con alguna como con el famoso irsen, lo consiguió.

Y es que, como digo, para mi hermano son preciosas muestras lingüísticas lo que para otros son idioteces, paleterías, burradas o, simplemente, errores. Eso sí, aunque no tacha de incultas a las personas que cometen alguno de estos deslices, sí que, por ejemplo, le dijo una vez a una amiga que, aunque no era inculta, era una inadaptada. Y bastante poco fue, suponiendo que del discurso de mi hermano sobre la importancia de hablar bien se puede colegir que los que no se esfuerzan por hacerlo son gente malvada que no se quiere relacionar con los demás.

Capítulo siguiente   Capítulo anterior

Índice