Un dulce final

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Así que, como era de esperar, y más en Roldana, esa noche salieron de fiesta y, claro, fueron a Valhalla. Y aquella noche, como alguna otra, aunque no todas, mi hermano empezó a hablar con una chica:

—¡Hola, me llamo Jaime! —saludó con levantamiento de cejas incluido.

—Hola. Yo, Dulce.

Mi hermano pegó un respingo porque de pequeño había escrito un libro de poesías que se llamaba Dulce, y respondió:

—Anda, como Dulce Chacón y Dulce María Loynaz.

Ella le miró con cara de extrañeza por haber conocido a un chico interesante en la playa y en aquella discoteca y dijo ladeando la cara con ojos de coqueta mientras se cogía una pulsera de colores que llevaba, muy parecida a una que tuvo mi hermano en su día:

—Anda, pues sí. ¡Poca gente las conoce! —Él sabía el nombre de las escritoras y poco más, pero a ella eso le bastaba para interesarse en él más que en otros que decían cosas como «¡Uy! ¡Qué nombre más dulce! Je, je». —Por cierto, ¿de dónde eres?

—Soy de Los Zorros— dijo mi hermano, pronunciando Los Zorroh, que era el pueblo que, aunque no estaba en el cartel, tocaba ese año, un pueblo muy cercano a Cuevah.

—Sí, claro, ja, ja, y yo soy de Arboh, no te digo— le respondió riéndose la chica. Y siguió—. Oye, por cierto, ¿te puedo hacer una pregunta?

—¡Claro! Si me dejas que yo te dé una respuesta.

—Te parecerá una tontería, pero es por una cosa que suelo hacer —dijo esbozando la chica una sonrisa picarona—. ¿Tú sabes lo que significa meridional?

Mi hermano se puso pálido o lívido —que ya lleva tiempo aceptado en el Diccionario como ‘muy pálido’—, pero reaccionó a tiempo para responder:

—Solo te lo digo si me dices tú lo que significa septentrional.

Dicho esto, se miraron, se sonrieron y, sin mediar palabra, se cogieron a la vez de la mano, como dos polos opuestos, pero polos al fin y al cabo, que se atraen, como el norte y el sur unidos en un punto, haciendo que todo lo anterior se borrara. Solo existía el presente en ese momento, ni siquiera existía todavía el futuro.

—¿Te gusta la poesía?— le susurró él al oído.

—Sí, sobre todo la extranjera, aunque me gusta más el arte. Antes era guía de museo.

Y así estuvieron hablando un rato, descubriendo cómo en su parecido eran distintos porque a uno le gustaba más Lorca que Miguel Hernández y a uno no le gustaba nada Malevitch, pero al otro sí, y descubriendo que los dos tenían todos los libros de mil y una cosas que hacer antes de morir y que los dos odiaban el inaguantable estrépito de la música de Wagner, pero les encantaban Mozart o Juan Magán.

Hablaron largo rato en la barra. Hubo tiempo hasta de que mi hermano le hiciera el truco de dejar que se quedara un rato con sus amigas para después volver a reunirse con ella. De vuelta juntos se miraban y se sorprendían de las cosas en común que tenían.

Y entre las muchas cosas de las que hablaron ella le preguntó:

—¿Por cierto, tú tienes algún hermano?

Y él contestó:

—No, no tengo hermanos. ¿Y tú?

 

CONTINUARÁ…

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