Operación monokini o los etimológicos y morfológicos peligros de dormir como un choto recién amamantado

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Pero no siempre eran incorrecciones (perdón, supuestas incorrecciones de la gente provocadas por la natural evolución de la lengua) lo que encontraban o en lo que se fijaban. También escucharon alguna vez hermosas expresiones. Por ejemplo, otro día escucharon a un chaval que decía: «Pues yo hoy he dormido como un choto recién amamantado». Esto inevitablemente le trajo a la memoria a mi hermano un día en Roldana cuando al volver de fiesta, después de un rato de clásica pistachada en la terraza de Chindas, que ya se había acostado, le dijo, estirándose, a Lízar:

—Uf, yo me voy a la cama ya que estoy matado. Hoy voy a dormir como un choto recién amamantado.

Pero muy lejos de sus pretensiones, en vez de irse a dormir como tal cría de animal, se puso a discutir con Lízar sobre qué era un choto. Tenían dudas de si era la cría de la vaca o de la cabra o la oveja y tenían dudas de los años que tendría un choto. Por si esto fuera poco, les saltaron a las mientes también lechón y lechal. Y se empezaron a enzarzar en la que desde entonces fue llamada «discusión del choto, lechón y lechal». Si hubiera estado Quero se lo habría resuelto fácilmente.

Les sonaba lo del cordero lechal y el lechón sonaba a cochinillo. Pero si choto era de la vaca, entonces, ¿qué era ternera? Y también les sonaba que choto era de la cabra. Y encima luego estaba chivo, que eso sí que es cabra, ¿no?, por lo de la barba de chivo. Estuvieron bastante rato discutiéndolo y, aunque llegaran a un acuerdo, lo reconsideraban y se volvían a hacer un lío. Como acababan de volver de fiesta decían cosas de las que luego se desdecían y uno podía defender lo que el otro pasaba a defender más tarde sin llegar a un acuerdo. Menos mal que sus neuronas solo daban entonces para palabras con ch y no pensaron en recental y añojo, por ejemplo, lo cual les habría liado aún más.

En esas estaban cuando su eterna, enmarañada y bucúlica discusión fue interrumpida por unos ruiditos y bisbiseos de chicas fuera de la terraza en la piscina de la urbanización de Chindas (llamada «la Hortensia»). Al oír los ruiditos, mi hermano salió escopetado, como el legionario que contaba nuestro abuelo que en Roldana, cuando vio a una chica en bikini por primera vez, bramó como un toro, «Muuuuuuuu», y fue corriendo a por ella como para embestirla. Lízar salió corriendo detrás. Al llegar a donde estaban las chicas, antes casi de saludar, les preguntaron si sabían lo que era un choto, lo cual quedó fatal, por supuesto, pero enseguida lo arreglaron preguntando por lechón y lechal. chotoTan intrigados habían acabado con el tema que no se estaban dando cuenta ni de que a las chicas les faltaba la parte de arriba del bikini ni de que por preguntarles estaban interrumpiendo su romántico baño en la piscina. Cuando por fin reaccionaron, empezaron la retirada disimulando muy mal, entre mirando y no mirando lo que la falta de bikini dejaba al aire, hasta que llegaron a la terraza y se fueron a dormir.

Y durmieron, después de tantas emociones, como verdaderos chotos recién amamantados, signifique choto lo que signifique. (La verdad es que si hubieran que estar como una chota es estar como una cabra, podrían haber deducido que un choto tiene que ver con las cabras. Pero nunca se sabe.)

Y ya que he vuelto a referirme a un bikini, que en este caso era más bien un monokini, creo que es buen momento de hablar del reanálisis. Según nos contó mi hermano un día, el reanálisis consiste en interpretar alguna palabra o parte de una palabra de una manera que no corresponde a su significado. Un caso claro es precisamente bikini. Como bikini empieza por bi- y la prenda se compone de dos piezas, esta sílaba se interpretó o se reanalizó como el prefijo bi-, que aparece en casos como bisílabo y que significa ‘dos’. Así, cuando salió una prenda parecida al bikini, pero con tres piezas, se llamó trikini y la de una, monokini. Como bi- se interpretó como prefijo, kini se interpretó consecuentemente como base léxica y sobre ella se han construido otros tipos de traje de baño femenino como el tankini. Es error común, por cierto, creer que el tankini es el bikini cuya parte de abajo es un tanga, como creía yo, sin ir más lejos. No. El nombre viene de tank top, que significa camiseta sin mangas, y kini. Así que es el conjunto de braguita más camiseta sin mangas. También está el burkini, que es el que lleva burka (no el que se usa en Burkina Faso, capital Uagadugú). También hay bikini masculino, el mankini, que es el famoso bañador que lleva Borat en la película y el que desde entonces es frecuente ver en los que se despiden de solteros.

El día que explicó esto mi hermano, como es habitual, aportó información extra:

—Y en verdad bikini viene de que el día de la presentación del primer bikini en 1946, justo el atolón Bikini, de las Islas Marshall (capital Majuro), había sido utilizado por Estados Unidos para una prueba nuclear y entonces se dijo que la prenda iba a ser más explosiva que la bomba de Bikini.

Y siguió explicando la verdadera morfología de bikini:

—Y os estaréis preguntando que de dónde viene en verdad bikini. Pues bikini viene de la palabra Pikinni del marshalés, que está formada por pik, que significa ‘superficie’ y ni que significa ‘cocos’ y, por tanto, significa ‘superficie de cocos’.

Y concluyó con una de sus hilarantes y chuscas agudezas:

—Así que, tanto en su significado original marshalés de bikini como en el actual, los cocos son claves.

Otros casos de reanálisis de este tipo son aquellos en los que se quita la –s de una palabra en singular reinterpretando esta –s como si fuera la indicadora de plural. Yo pensaba que pasaba con metrópoli, que estaba mal dicho porque en verdad el singular era metrópolis, y de hecho así se llama la ciudad de la película de Fritz Lang, pero ya se encargó mi hermano de decirme que lo recomendable para el singular es efectivamente metrópoli (como la revista). Aun así me suena que había algún caso en el que sí que pasaba esto. Le preguntaré.

Ahora, si lo de bikini es un reanálisis morfológico o una falsa segmentación, también hay un curioso caso de reanálisis léxico, es decir, de toda una palabra. Un día mi hermano preguntó a su público de ese momento:

—¿Cómo llamarías a alguien de Kenia?

Unos contestaban keniano y otros keniata. Los que respondieron keniata decían que keniano estaba mal, pero los que respondieron keniano dijeron que también les sonaba keniata. Mi hermano como siempre sonreía cuando, al modo de Eris con la manzana, sembraba la discordia de esta manera. juicio parisY cuando consideraba oportuno interrumpía la discusión para aclarar las cosas:

—Pues resulta que lo recomendable por la VEI es keniano. Lo de keniata se empezó a utilizar porque hubo un presidente en Kenia en los años sesenta y setenta que se llamaba Jomo Keniatta. Cuando en las noticias se aludía a él se hacía diciendo «el presidente Keniatta», igual que se dice «el presidente Rajoy». La gente al oírlo pensaba que Keniatta era un gentilicio, es decir, que se estaba diciendo el presidente de Kenia, en vez del nombre de un presidente de Kenia, y desde entonces se quedó para muchos la idea de que keniata es el gentilicio de Kenia.

Se trata este por tanto de un reanálisis de una palabra que se empieza a considerar como adjetivo, siendo en verdad un nombre en aposición.

El caso de bikini es parecido a lo que ocurre con los acrónimos. Los acrónimos son…, bueno, mejor que nos lo explique mi hermano directamente. Lo que a continuación muestro es un archivo que encontré un día hurgando en su portátil, de lo que parece una novela que empezó a escribir, o quizás un diario. Aquí va:

«No quiero que las palabras se queden entre los libros de mi cuarto, ni en la pantalla de mi ordenador. Las palabras están en todas partes. Por eso empezaré a contaros esta historia, por ejemplo, desde una discoteca, hablando con una chica:

—¿Tú sabes que la palabra discoteca es un acrónimo de disco y biblioteca?

—¿Qué es un acrónimo?

Generalmente, tengo la costumbre de pensar que, por mucha cara de borde y de asco que ponga una chica al hacer una pregunta, si la hace es porque le interesa seguir la conversación contigo. Así que me animé:

—Bueno —siempre empiezo con «Bueno» cuando me encuentro cómodo en una conversación, a la vez que echo los hombros como para atrás y saco pecho a modo de pollo capón; algo raro, creedme, pero mi hermano hace igual, así que debe de ser genético—, en verdad se suele decir de dos cosas. Una: las siglas que forman una palabra, como ovni o láser, que, aunque no lo parezca es la sigla de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation.

La chica me miraba sorprendida con lo de láser y la verdad es que tampoco me costó tanto aprenderme esto y suele impresionar, sobre todo por mi asombroso acento americano, que suena especial cuando me he bebido alguna copa. Y seguí:

—Pero en este caso se refiere a la palabra formada por el principio de una y el final de otra: disco de disco y –teca de biblioteca. ¿Qué te parece?

Llegados a este punto, las chicas suelen inclinarse por una de dos posibles respuestas. La primera es abandonar con prontitud, presteza y premura la escena. La segunda es celebrar mis palabras y mostrar aún más interés. En este caso la chica no pareció demasiado interesada y me dijo una frase clásica:

—Voy un momento con mis amigas.

La verdad es que es normal que una chica en una discoteca quiera estar con sus amigas, pero a esas horas uno considera que lo más normal es que escuchen sus historias. Mientras se iba le grité en alto:

—Pues aún no te he dicho que en inglés este tipo de acrónimos se llaman portmanteaus.

Frase estúpida. Sería raro que se volviera a preguntarme «¿qué es un portmanteau?». Es como ponerle de cebo a un pez otro pez.

Luego, como siempre, me quedé pensando y pensé que debería haberle hablado de la historia de las discotecas o haberle hablado de que hay quien cree que Stonehenge fue la primera discoteca de la historia.

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Aunque, claro, hay chicas a las que no les interesan esas cosas. Eso es porque en verdad son chicas que no merecen la pena. Seguro que si le pregunto «¿Tú sabes quién es Lewis Carroll?», no sabría qué contestarme. En esas estaba cuando otra chica se me acercó y me dijo:

—¿Y qué es un portmanteau?

¡Sobresaliente! Esta es una pregunta que da para una noche larga. Y es mejor cuando te la hacen directamente, sin que tengas que ir tú.

—Pues bien, portmanteau es una palabra de origen francés que significa algo así como ‘portatrajes’ y se usa como ‘maletín’. Lewis Carroll en Alicia detrás del espejo hace que Humpty Dumpty…

—¿Humpty Dumpty? Ja, ja, ja.

—Sí, je, je —me reí a la vez que pensaba para mis adentros: «pero no me interrumpas»—. Humpty Dumpty le explica a Alicia el poema Jabberwocky, que es, precisamente, un poema lleno de portmanteau words o, como viene en la versión del libro que yo tengo: palabras-maletín. Lo que pasa es que esas palabras se las inventó él, pero hay un montón de palabras que se han formado así. Se forman uniendo, generalmente, la primera parte de una palabra con la final de otra. Por ejemplo, brunch es una mezcla de breakfast y lunch; o una nueva como phablet es una mezcla de phone y tablet; y Wikipedia es una mezcla de wiki y enciclopedia. ¿Sabes lo que significa wiki, por cierto?

—No.

—Significa ‘rápido’ en hawaiano.

Siempre dejaba un espacio en mi conversación para la Wikipedia, mi mayor fuente de inspiración en el arte de conquistar a las mujeres. Muchos dicen que lo que viene en la Wikipedia está mal. Yo no sé cómo estará pero sí sé que en la Wikipedia hay miles de cosas interesantes que sorprenden a la gente: ¿Cuál fue la primera marca de coches en poner el cinturón de seguridad que tenemos ahora, o sea, el de tres puntos? ¡Volvo! ¿Y de dónde viene la palabra volvo? Del verbo latino volvo, que significa ‘yo ruedo’. Todo en la Wikipedia. Basta con poner las palabras ‘volvo’ y ‘wiki’ en Google. Y encima nos dicen que el escudo de la marca es el símbolo del acero de los alquimistas. Espectacular. Y seguí:

—Pero hay muchos más portmanteaus o acrónimos, como se llaman en español. Por ejemplo Spanglish, de Spanish e English o portuñol, de portugués y español. También, aunque con deformación, pichinglis, de pidgin e English. Otra: autobús, que viene del francés, está formado por auto y por omnibus (dativo plural de omnis, ‘todo’), que en latín significa ‘para todos’. Hay muchísimas. A partir de ahora te las vas a encontrar por todas partes: ofimática (oficina + informática), los Beatles (de beat y beetle). Y todos los escándalos que terminan en –gate, a partir del escándalo del Watergate. Por ejemplo, en España el EREgate, formado por ERE o expediente de regulación de empleo más –gate. Si nos volvemos a ver algún día seguro que te ha salido alguno nuevo. Por cierto, ¿cómo te llamas?

No hay nada mejor que dejar deberes a las chicas durante la semana. Así te garantizas que, por lo menos, se acuerden de ti, aunque les dé rabia, unos días. Para eso está bien decir palabras que vayan a utilizar seguro. Autobús es una apuesta segura. Y además así les dejas que se luzcan delante de sus amigos y te ven como algo positivo y enriquecedor: “Pues ¿sabéis de dónde viene ‘autobús’…?”».

En fin, espero que con este ejemplo veáis que no exagero a la hora de describir a mi hermano. Yo la verdad es que siempre había pensado que discoteca estaba formada por disco y el sufijo –teca, que significa ‘caja’ en griego y de ahí ‘lugar en el que se guarda algo’. De hecho, mi hermano muchas veces nos ha hablado de las muchas palabras que hay en español con este sufijo, que las sabe porque ha mirado en el diccionario inverso, que es un diccionario en el que las palabras están ordenadas alfabéticamente a partir de su terminación, muy útil para hacer rimas. Por ejemplo, si uno quiere buscar palabras acabadas en –teca tiene que hacer como si buscara acet y encontrará ejemplos como los que nos ponía mi hermano como gliptoteca, que es el lugar donde se guardan esculturas o piedras grabadas, oploteca, el de armas antiguas, donde oplo significa precisamente ‘arma’ (como se ve también en panoplia ‘conjunto de todas las armas’ o en hoplita, que es un soldado griego, con una h que mosquea a mi hermano, porque no sabe que también se puede escribir hoploteca); o también una más fácil como pinacoteca. Incluso, hipoteca viene de este sufijo –teca y significa ‘lo que se guarda debajo’. Ah, y también hemeroteca, el lugar donde se guardan los periódicos, donde hemero significa ‘día’, que también ha dado efímero, por ejemplo, que es ‘lo que dura solo un día’, o Decamerón, el título del libro de Boccaccio, que significa ‘diez días’. Esta etimología de algo relativo al tiempo le gusta mucho a mi hermano, tanto como la de procrastinar, que está formada a partir de cras, que en latín significa ‘mañana’, en el sentido de ‘día siguiente’, hodierno, que significa ‘relativo al día presente’ y viene de hodie en latín, a partir de hoc die, ‘este día’, de donde viene hoy; también hebdomadario, que significa ‘semanal’ y viene del griego hebdomas que significa ‘siete años’ y de ahí ‘semana’; o sesquicentenario que es lo relacionado con un conjunto de ciento cincuenta unidades, formado a partir del prefijo sesqui- que significa ‘unidad y media’. Una sesquihora es una hora y media, por ejemplo. También la ya mencionada hipopotomonstrosesquipedaliofobia o simplemente (entre comillas) sesquipedaliofobia, que es el miedo a las palabras largas y cuyo nombre se deriva del de una palabra que tiene pie y medio de largo, lo cual debe ser mucho (como un pie de Gasol, más o menos).

Como veis las palabras que le gustan a mi hermano son de extrema utilidad por su habitual uso.

Pero bueno, de vuelta a las andanzas en el metro, mi hermano escuchó por enésima vez eccétera, palabra en la que creo que hay una asimilación del sonido de la t en el sonido de la c. Mi hermano decía:

—¡Con lo bonita que es la etimología de etcétera!

Y se ponía a explicar el origen.

Etcétera viene de et, que se sabe que significa ‘y’ y de cetera, que significa ‘las cosas restantes’. Es el neutro plural de ceterus. En una famosa cita aparece el adverbio ceterum, relacionado con ceterus. La cita es lo que se supone que decía Catón el Viejo al final de sus discursos, en plenas Guerras Púnicas, alentando a la destrucción de Cartago «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam», que significa ‘Por lo restante, considero que Cartago debe ser destruida’.

Y sin parar, saltando de una cosa a otra, mi hermano seguía:

—Y este delendam es un bonito gerundivo en latín. El gerundivo es el participio pasivo futuro, es decir, más o menos el que significa ‘lo que debe ser hecho’. En español tenemos algunos otros bellos restos del gerundivo como hacienda o agenda que son las cosas que deben hacerse. También reprimenda, por ejemplo, que es cosa que debe ser reprimida, o vivienda, que es el lugar que debe ser habitado. Y también es curioso —nuevo brinco de mi hermano a otro tema, demostrando lo excitado que estaba— el participio futuro pero activo, es decir, el que significa ‘el que debe hacer algo’, no ‘el que debe ser hecho’. Este participio termina en turus, que en masculino plural aparece en el clásico morituri de «Ave, Caesar, morituri te salutant» que significa ‘los que van a morir’ y que es error común creer que le decían los gladiadores a Julio César, pues, en verdad, parece que se lo dijeron unos condenados a Claudio. También tenemos restos de este participio de futuro en español. Sin ir más lejos, la palabra futuro es un participio activo futuro del verbo sum, que es ‘ser’ en latín, y que por tanto significa ‘lo que ha de ser’, pero también lo tenemos en aventura que es el participio activo futuro de advenire ‘suceder’, y que, por tanto, significa ‘lo que ha de suceder’, como la aventura que vamos a vivir ya nosotros. Eso sí, Arturo no es el que va a estar harto.

Lo de que futuro sea un participio futuro, por cierto, es muy bonito. Al final resulta que en español tenemos que pasado es un participio pasado, presente es un participio de presente y futuro, lo dicho, un participio de futuro.

Pues bien, estas y otras muchas anécdotas, deseos, sustos y curiosidades, trataron, pidieron, vivieron y escucharon mi hermano y Quero en sus incursiones lingüísticas. Dejo las no contadas para el futuro con la idea de volver a ellas cuando el texto me recuerde alguna de especial interés, que ahora me temo que urge acometer la tantas veces anunciada aventura, la cual me dispongo ya a empezar a contar, comprendiendo que por mucho que como aventura sea algo que está por suceder, estaréis ya impacientes por que empiece de una vez a fraguarse.

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No es literatura para viejos

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Sumergido entre tanto libro, mi hermano un día saltó al leer un artículo sobre la llamada alta literatura en una revista:

—¿Pero por qué tiene que ser alta literatura lo que ellos digan? ¿Por qué es menos literatura la que se centra en el contenido y en el argumento que la que se centra en la forma? Yo entiendo que haya gente a la que le guste una novela por la forma en la que está escrita o el estilo y no por el argumento. ¿Por qué ellos no pueden entender que a mí me guste otro aspecto de la literatura? «A los que nos gusta leer», dicen. ¿Qué pasa, que los que se leen El código Da Vinci o algún libro de Santiago Posteguillo no se lo pasan bien leyendo? ¿Qué pasa, que esa literatura no es buena porque lo dice todo de manera directa, rápida y entretenida? No hay derecho a que la gente que se inventa lo que es la literatura, porque así lo es para ellos, impongan los criterios para valorar una obra. Como si la literatura fuera suya. Pues a mí me gusta también leer obras que se centran en el argumento y no tengo por qué criticar a los que disfrutan con la forma y el estilo.

»Además, ¡qué narices!, a mí también me gusta leer poesía. ¿Soy por ello mejor lector que el que se lee un best seller? ¿Me gusta más leer? ¿Por qué tiene que haber alta y baja literatura? ¿Por qué no se puede hablar de distintos criterios a la hora de valorar una obra? Ya estoy harto de la gente que, no estando conforme con lo que hace, se dedica a menospreciar lo que hacen otros para así sentirse superiores. ¿Por qué alta literatura? ¿Porque es demasiado elevada para los que no disfrutan de la lectura? ¿Es inaccesible para ellos? ¿Por qué no se lo pasa bien cada uno como quiera y deja a los demás en paz?

»Y luego se quejan de que la juventud actual no lee. ¿No lee o no lee lo que ellos quieren? Claro, como a la juventud siempre se la considera idiota… ¡Qué buena manera de hacer que la humanidad avance!

Dicho esto, mi hermano se serenó y en un acto de rebeldía se puso a leer la Wikipedia.2015-05-12 12.28.34

Como en cualquier arrebato, mi hermano, por arremeter contra determinado tipo de personas, la tomó con aquello que defienden, sin ser del todo consecuente con lo que él siente al respecto.

En cualquier caso, a raíz de este disgusto, quizás para vengarse, empezó un blog en el que pone nota a películas y libros que va viendo y leyendo. En el ranking llama la atención ver que novelas clásicas muy valoradas por los críticos como La busca de Baroja, La colmena de Cela o La saga/fuga de J. B. de Torrente Ballester y películas de Hitchcock, de Woody Allen y de Almodóvar están en una posición más baja que libros como El código Da Vinci y Africanus o películas como Ahora me ves, comedias del tipo de American Pie y Dos tontos muy tontos y películas de acción tipo La Roca o Kick-Ass. Y a él le encanta que así sea.

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Los sesgados requisitos de mi hermano para no tener novia

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Siendo como es, podría parecer normal que mi hermano no tenga novia, pero como he dicho antes, con tanta tontería liga bastante, y ha tenido varias novias, alguna ya mentada y otras a las que no tendré más remedio que referirme a lo largo de este relato. Después de todas las historias y los desastres en sus relaciones, la experiencia ha hecho a mi hermano ir formándose en la cabeza una lista de requisitos para una novia, muchos de los cuales ni él mismo entiende, con lo que ha acabado por hacerse imposible que encuentre ya una novia de su gusto; está, digamos, estancado en la soltería.

En primer lugar él dice que su novia tiene que ser guapa, pero más que eso, que le tiene que gustar. No importa si es muy guapa si a él no le gusta. Y si es rubia, mejor, aunque todas sus novias han sido morenas.

Además, superada la prueba de septentrional, a su novia le tiene que gustar leer, pero no de una manera friki, sino de una manera comedida. Y le tiene que gustar la poesía, sobre todo, tiene que saber de poetas extranjeros, para poder sugerirle a mi hermano poesías que leer de autores como Kavafis o Leopardi, es decir, para ahorrarle trabajo, porque mi hermano es de los que dice que hay que leer mucha poesía para encontrar un buen poema o, remedando a Gandhi con el cristianismo y los cristianos, dice que le gusta la poesía pero no le gustan los poetas, refiriéndose, sobre todo, a la poesía (entre comillas) actual. Dice que toda poesía debería parecerse a «Puedo escribir los versos más tristes esta noche» de Neruda o a algún poema de José Ángel Buesa como «Se deja de querer»:

Además a su novia le tiene que gustar el cine y tiene que saber de actores y directores y tiene que poder reconocer actores secundarios, tipo Brendan Gleeson, aunque, eso sí, no puede saberse tantos como él. Phonto(10)Y en ningún caso podrá quejarse de que una película esté en blanco y negro; pero además no será de las que solo puede ver películas en versión original ni de las que solo puede ver películas dobladas. Mi hermano odia cuando la gente le recrimina no haber visto una película en versión original; pero también cuando se ríen de él por ver una película en turco.

Y a su novia le tienen que gustar determinadas series, generalmente las que haya visto él, o, al menos, las que estén en su lista para ver. Es imprescindible que a su novia le gusten y que recuerde escenas de Friends, Los Simpsons, Castle y Big Bang Theory.

En general, además, tiene que ser una persona que muestre interés por las cosas. A mi hermano no le importa que su novia no haya visto tal o cual película o que no haya leído tal o cual libro, pero tiene que demostrar que al menos los conoce y que le gustaría verlos o leerlos. No puede ser que le hable a una chica de Sentido y sensibilidad y ella le responda que no ha visto esa película, sin tener ni idea de que además es un libro de Jane Austen, como le pasó con su novia de Santaél, la «sordomuda», cuya historia luego será convenientemente contada. Tampoco puede consentir que una chica no sepa quién es Kafka y para colmo se defienda alegando que no le puede pedir que sepa cosas de literatura. «¡Pero si hasta la palabra kafkiano está en el diccionario!». Él considera que no se está comportando en este caso como los de «Ah, pero que no has leído…»; hay cosas que hay que saber porque salen en muchos sitios, igual que lo de septentrional.

Y su novia tiene que tener capacidad para reflexionar sobre gramática y conocer curiosidades de la lengua o, al menos, estar interesada en ellas; pero mejor si no es lingüista. Y le tiene que gustar el arte. Si es capaz de explicarle cuadros en un museo, será muy de su gusto. Puede que este punto no se entienda bien porque a mi hermano no le gusta ir a museos, pero él se justifica diciendo que no le gusta ir a museos si no es con guía, por lo que si su novia hace de guía entonces sí que le gustará ir a museos. Y lo mismo a la hora de visitar ciudades. La cuestión es que para él, si la información no es evidente como en la Wikipedia, no se siente cómodo. Bien es cierto que podría estar en el museo viendo la Wikipedia en el móvil, pero, si hay alguien que se lo explique, mejor, que así se puede mirar a la vez.

Y también le encantará que su novia sepa identificar árboles y flores, que es uno de los puntos débiles de mi hermano y es algo difícil de aprender por internet. Es lo malo de haber elegido letras en el colegio. Hay cosas, como el nombre de las plantas o la filosofía, para las que sí que sirve ir al colegio; si te las explican bien, claro. Algo parecido ocurre con los olores. Los tienes que vivir en directo. Por ejemplo, mi hermano lleva años preguntándose (como la del anuncio de Evax, mutatis mutandis) a qué huele el almizcle, olor que un día oyó mencionar a nuestra madre. Pero por internet es imposible saber cómo es un olor, incluso el de las cosas que sí que huelen.

Por otro lado, a su novia le tiene que gustar el fútbol, pero poco; lo justo para poder hablar sin opinar o, mejor dicho, sin poder refutar las opiniones de mi hermano.

Y le tiene que gustar salir por las noches, pero dependiendo. No puede ser muy empalagosa, pero tampoco muy despegada. No puede tener muchos detalles, pero mucho menos pocos. No puede ser agradecida en exceso, pero tampoco desagradecida.

Ah, y por supuesto, mi hermano jamás va a poder tener una relación a distancia, así que jamás estará con una chica que viva en otra ciudad, y eso que sus novias casi siempre han vivido fuera de Almagriz centro. La razón por la que no puede tener una relación de este tipo no es otra que porque odia hablar por teléfono y, mucho más aún, por Skype o cualquier otro sistema de videollamada. Siempre se acaba peleando porque no se le entiende bien. Esto le lleva pasando desde pequeño cuando se negaba a hablar con nuestros padres cuando estábamos de campamento o en la finca de nuestros abuelos, por ejemplo. 1430747729763Dice que odia hablar por teléfono porque él es muy expresivo con los gestos y con el teléfono se agobia. Aunque esto no debería ser un problema con las videollamadas, dice que en ese caso también se agobia porque le parece algo muy artificial.

Tampoco ayuda mucho, aunque sea en broma, que, cuando se va a ir de estancia al extranjero, les diga a sus novias, cuando le preguntan si las va a echar de menos, que las va a echar tanto de menos que se va a tener que buscar a otra para consolarse.

Todos estos y alguno más que ya recordaré conforman la lista de requisitos de mi hermano para elegir a su futura novia, los cuales, según él, son fruto de la experiencia y, como tales, axiomáticos, incuestionables e irrebatibles. Pero, vamos, por mucho que él considere que la que cumpla estos requisitos será su novia perfecta, yo sé que si encontrara alguna así, se cansaría de ella a la semana y, con mayor probabilidad, ella de él. Mi hermano en verdad quiere otra cosa, como se ha demostrado con el tiempo. Pero no adelantemos acontecimientos.

Ahora supongo que se entenderá por qué mi hermano, aunque haya tenido, ahora lleva tiempo sin tener novia. Él se justifica diciendo que igual que Mark Twain consideraba que una obra maestra es la que nadie quiere leer, pero que todo el mundo quiere haber leído, para él no es bueno tener novia, pero sí que es bueno haberla tenido. Por eso se limita a mantener una relación con una serie de chicas, a las que él llama novias, con las que simplemente habla de vez en cuando por el WhatsApp y a las que a veces ve, generalmente porque se encuentra con ellas por las noches en alguna discoteca. Una de estas, por ejemplo, es una chica de Santaél, con la que nunca se ha besado, de hecho prácticamente ni se han visto, como luego contaré, y a la que, sin embargo, llama «novia de Santaél» por todo lo que hablan por el WhatsApp y la cantidad de intimidades que saben el uno del otro. Pero tiene muchas otras «novias», como él las llama, que ya irán apareciendo.

La filosofía de que es bueno haber tenido novia la usa también al hablar de los viajes. Mi hermano no es muy aficionado a los viajes, pero dice que, aunque le da mucha pereza viajar, le encanta haber viajado. Asegura que viajando se aprenden cosas que luego no se olvidan tan fácilmente como cuando se leen y, por eso, hace el esfuerzo de viajar más de lo que le apetece. Pero él se refiere a viajar de verdad, no a viajar siguiendo esa moda de viajar por viajar que impera ahora, motivada, según él y según una frase que leyó en La insoportable levedad del ser, porque la gente necesita viajar para encontrar la felicidad que no encuentra en su casa, sin darse cuenta de que si no encuentran la felicidad en su casa, no la van a encontrar en ningún sitio, almagriceñospor muy lejos que viajen o por muy exótico que sea el país al que viajan. Dice que de repente se pone de moda un país y la gente entonces se muere de ganas de ir, cuando no habían oído hablar de ese país en la vida. Mi hermano en esto tiene ventaja, porque como se sabe las capitales de todos los países, por narices ha oído hablar de todos ellos.

Con lo de los viajes, lo que más nervioso le pone es la gente que dice que quiere conocer «nuevas culturas». «Si tanto interés tuvieran —dice indignado— verían antes los documentales de la 2 de los viernes o Almagriceños por el mundo». Al fin y al cabo, como más o menos dice Pessoa, lo que vemos cuando viajamos es solo lo que somos. Para eso uno se queda en casa, que encima es más barato.

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(Sé que a alguien le pueden tocar las narices estos requisitos de mi hermano. Pero si los compara con los de Einstein, mi hermano le parecerá un novio delicioso.)

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El zorrocloco que creía en diccionarios

PRIMERA PARTE: MI HERMANO

1

­—¡Son ustedes unos embaucadores, unos arteros, unos trapaceros! ¡Unos perillanes! ¡Me la han jugado!

Ya estaba mi hermano discutiendo con alguien por teléfono.

—Lo que me han hecho ustedes es una fullería, una candonga, una artimaña de las de época, una cancamusa. ¡Una martingala!

Si no conociera tan bien a mi hermano, no sabría que esas palabras generalmente las va sacando sin ton ni son de aquí y de allí y se las aprende de memoria para este tipo de ocasiones. Sin ir más lejos, el otro día justo me habló de la palabra martingala. Dijo que le había salido leyendo Prim, uno de los Episodios Nacionales de Galdós (que se había empezado a leer por la serie que han sacado en la 1, para ver si verdaderamente Galdós investigó el asesinato de Prim) y estaba emocionado. Muchas de las otras palabras que profería seguro que las había sacado de buscar sinónimos en WordReference.

Cuando terminó de hablar, nuestra madre le preguntó:
—Pero ¿qué ha pasado ahora?
—¡Nada! Los bergantes de la compañía de teléfonos, que dicen que el seguro no me cubre el robo porque fue por negligencia mía. ¡Después de dieciséis meses pagándolo! Y, claro, les he dicho de todo.
—Ya, ya te he oído. Cancamusa… ¡Ja, ja, ja! —Nuestra madre no podía evitar reírse muchas veces con las historias y expresiones de mi hermano—. Pero ¿por qué no les has dicho que te lo robaron?
—Pues no sé, no se me ha ocurrido.
(Lo que le pasa a mi hermano es que no sabe mentir.)
—Y en cambio se te han ocurrido un montón de insultos, ja, ja.
—Je, je. Pues tengo muchos más para la próxima. Estos no saben con quién juegan, vamos. Se creen que están hablando con un zorrocloco.

Y remataba con una frase típica suya seguida por una de las locuciones latinas que se estudiaba de memoria de la página de la Wikipedia a ellas dedicada o yo qué sé de dónde y que de vez en cuando, como tantos personajes en nuestra literatura, usaba desatinadamente o, mejor dicho, deslatinadamente, como le pasa a cualquiera que usa una lengua sin conocerla bien:
Es que hay que joderse, macho. Pero, mea est ultio —la venganza es mía.

A saber lo que pensó el miembro de la compañía de teléfonos que recibió aquellos improperios.  El problema de gente como mi hermano es que no solo leen por gusto diccionarios y demás libros y páginas de referencia, sino que además se los creen. Y, peor aún, encima piensan que otros también se los creen y no entienden que no compartan las mismas inquietudes que ellos. Pero el problema de mi hermano va incluso más allá, y es que a veces conoce palabras, pero no sabe cómo usarlas bien en contexto, porque solo las ha visto en diccionarios. Lo bueno, no obstante, como iremos viendo, es que no es de los que encima critican a otros por cómo hablan, sino que trata de buscarle una justificación a los supuestos errores que cometen, algo que le parece precioso.
Sea como sea, es muy divertido cuando mi hermano empieza a soltar estas retahílas o ringleras de palabras, o cuando, casi siempre tratando de ligar, cuenta etimologías y curiosidades de la lengua. Porque saber, hay que reconocer que sabe, y que sabe cosas interesantes, o que al menos lo parecen. Si no fuera por esto, nunca me habría planteado compartir, como aquí he empezado a hacer, sus historias, que casi siempre van más allá de las meras palabras o las anécdotas.

Phonto(8)

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